domingo, 24 de agosto de 2008
mi yo
Si en vez de ser una morocha, yo fuera una parrilla con mesas en la calle diría que las cartas de amor son la especialidad de la casa. Escribo pavadas en un papel desde que tengo ocho años. Aprendí a los siete, en el primer grado, pero por una cuestión de necesidad espiritual me puse a practicar mucho más que otras chicas. En ese entonces, me acuerdo que tenía una mesa de juguete con una silla de juguete en donde me sentaba sólo para escribir oraciones en mi cuaderno de 24 páginas. Tapa blanda. Al lado de las palabras hacía dibujitos para que los poemas no se sintieran solos. Tenía la fantasía inconclusa de que esas cosas eran mis poemas. No había leído ninguno, pero para mi mini-cabeza mini-egocéntrica yo era toda una escritora. A los diez, ya había completado el Gloria.A los once, había hecho bastante más al respecto: tuve un diario íntimo, lo cerré, escribí cuentos, leí a Quiroga, seguí escribiendo prosa, empecé una novela, la dejé porque no tenía paciencia, leí a Borges, no me gustó, a Sábato, me gustó un poco más, me fui de excursión con los indios ranqueles, volví, leí los tres tomos del Señor de los Anillos en dos semanas, me enamoré de Corazón y abrí otro diario, también lo cerré, por irreverente. Poemas, canciones, ensayos, notas para mis papás, cartitas para mi abuela muerta, falsas denuncias hacia las monjas. No iba a pasear, no salía a bailar los sábados, no caminaba por el parque porque la nena, una adolescente con un culo grande y en aumento, se levantaba a las cuatro de la mañana para escribir. Escribiendo, la nena era feliz.Pero las cartas de amor, cuando estuve enamorada, siempre fueron mi especialidad. Las fui perfeccionando. Al principio, no me controlaba. Eran un embole. Larguísimas. Densas. Cursis. Después, con los años, las acorté, les puse dibujos, les saqué los corazones, las frases pelotudas, las hice más graciosas, más sinceras, más crudas, más irónicas. Podríamos decir que mis cartas de amor fueron evolucionando tanto como mi alma.
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